Autorretrato de un taxidermista


taxidermia

Soy un taxidermista —embalsamador feroz y ocurrente. En el mundo de afuera (de muertos que se mueven) encuentro las posiciones más apropiadas para mis cuerpos. Con la mirada traspaso las carnes y la grasa hasta los músculos, los órganos, los huesos fantásticos. Deshidrato la piel. Despellejo los cuerpos y elimino su identidad; sólo veo glándulas, vísceras y capas de piel —no gente. Una mujer no es una mujer: es pedazos. Somos capas. Ese hombre, por ejemplo, me parece ser muchos, pues la piel camina por delante; los músculos y los huesos se retrasan separándose unos de otros mientras levanta a su hija con los brazos. Ahora él reposa en el borde de la maceta enorme que disecciono con los ojos desde mi ventana. La niña es magnífica. Mientras abre la boca para bostezar, imagino su lengua para siempre estática y dividida en obleas de plástico.

Todas esas personas son para mí cadáveres, cuerpos, lecciones de anatomía ambulantes, gelatina que recubre estructuras óseas bien determinadas. Respeto a los vivos porque son la posibilidad de la eternidad plastinada. No acostumbro hablar con ellos. Los cadáveres son más recatados (casi siempre suelo coser sus labios). Me molestan los muertos que no saben cuándo callarse.

No todos estaban preparados para rebanar un cuerpo en pedazos, como lo haría un asesino. Los dibujos de la página de un libro no se comparan, por más experimentado que sea el ilustrador, a la piel, huesos, tuétano, al olor de la sangre coagulada de un cuerpo que alguna vez no estuvo en putrefacción. Mientras le abría la puerta, supe que se quejaría por la peste de este lugar. Aunque usted ponga una cara tiesa de desaprobación, debo decir que mis cuerpos no tienen olor… ¡Ah sí!, mi historia… el maestro Waldemar era una de esas personas que con facilidad uno puede imaginar muerto. “¡Obra de arte es el cuerpo humano!” aclamaba, y comprendíamos tan bien a ese obsoleto cuerpo de hombre: viejo como un matrimonio de cincuenta años que él mismo embalsamó en un abrazo eterno de amor de poliuretano, sabio como si sus neuronas pudieran reproducirse, con unas manos sentenciosas y febriles que contraindicaban el estoicismo del resto de su cuerpo. Waldemar tenía una estructura ósea fabulosa, idónea, como una pintura de El Greco. Era el tipo de hombre que uno puede imaginar muerto al cruzarse con él en la calle…

Waldemar estaba obsesionado con la pérdida de su esencia —con la pulverización de su cuerpo. Somos células que mueren y se reproducen de manera que somos sus hijos constantes. Usted es producto de generaciones de ellas que, con precisión quirúrgica, se dividieron para no morir, trascendiéndonos. Mi maestro obsesionaba su vida con la idea de inventar un método de embalsamamiento que permitiera a las células seguir duplicándose. Desde el laboratorio podíamos diagnosticar su arribo según el olor que se colaba por la abertura inferior de la puerta: como todo taxidermista, olía a aceites, plásticos y demás artilugios balsámicos. Waldemar se dispersaba por todo el pasillo antes de entrar al laboratorio. Iniciaba su clase aterrado, agobiado, pero contenía el impulso de respirar rápidamente por temor a perder en el proceso demasiadas células. Waldemar se disolvía en el laboratorio.

Todo el tiempo entramos en los cuerpos de los demás: somos, respiramos y a la vez absorbemos a nuestros semejantes. Mi maestro argüía que era posible evitar esta terrible disgregación. “La solución es tan sencilla como la que idearon aquellos que le imponen a las obras de arte más valiosas del mundo una celda de vacío”, decía Waldemar refiriéndose al sellado estéril y magnífico que mantiene prácticamente intactos los pergaminos de las medievales Danzas de la Muerte, que se encuentran en los museos europeos.

¿Sabe porqué a Waldemar le gustaba tanto el arte?.. El arte es un paralelismo de nuestra profesión. Todos los días el tiempo de nuestra muerte se acerca. Lo digo y sé que es un lugar común, pero es lo que ocurre. Desde que empezamos a morir, los actos que realizamos pierden validez. Coser, jugar a los serios, rebanar pan, son acciones inútiles si consideramos que carecen de trascendencia. Rellenar nuestros estómagos con comida sólo para prolongar el estado artificial que es la vida no tiene ningún sentido. ¿Y qué hacemos con nuestra vida una vez que hemos logrado conservarla? Nada realmente importante: puros placeres vulgares como el sexo, que tenemos con órganos que se desgastan, que se disuelven en otra persona y nunca son los mismos; el trabajo estéril; la convivencia fría con los demás, como cadáveres en putrefacción, uno al lado del otro, descomponiéndonos en el inmenso mausoleo de la ciudad, mientras lo único que nos importa es evitar nuestra pulverización. Amamos caminar por la calle disfrutando del relente y de los árboles, viendo a otros seres más afortunados, como los perros; suponiendo que conocieran que irremediablemente van a morir, ¿qué harían?, ¿qué podrían hacer los miserables perros? Yo creo que nada. Por eso mismo no importa que sepan o que no sepan que van a morir: son existencias efímeras. En cambio, el hombre puede hacer muchas cosas, aunque la noción de la muerte destruya las obras que realiza día con día. Mi maestro creía que el arte y la taxidermia eran las dos únicas maneras de trascender, por eso le encantaba estudiar los mecanismos para preservar las obras de arte antiguas (“lo único importante es la eternidad. Ni siquiera lo infinito merece consideraciones”, llegó a decir en una ocasión): Saturno devorando a su hijo no es otra cosa que su antiguo artista resistiéndose a morir por causa de la humedad en una pared; las pinturas de Pollock lo ocultan tras velos de fractales, perviviéndolo; nadie sabe quién es Greg Staples, pero está diseminado por todo el mundo. Incluso creo que Dios ha pintado el universo para trascender la muerte.

Yo no puedo olvidar aquel cuadro de Goya, en el que la antropofagia está coronada por las manos terribles de un padre encarnándose en el cuerpo mutilado de un hijo (o hija) y por un pene erecto que borraron los censores. Ésa es la representación de mis creencias en el arte. Miro el cuadro con este par de ojos, que Crono devorará justo después de que los haya cambiado por otros, y sé quién soy: un taxidermista que diseca a la gente con plástico —que salva a las personas de la desaparición. El objetivo máximo de cualquier pintor es fundir el universo con su obra; fundirse con su obra. Waldemar me pidió que yo fuera su embalsamador. Odio las historias que terminan con la muerte del protagonista, pues no hay solución más sencilla para resarcir la falta de talento de un escritor (además el arte no debe concluir en la finitud). Lo hice. La culminación del trabajo de todo taxidermista es ser disecado. El anciano me lo pidió para no dispersarse y para ser eterno como las Danzas de la Muerte contenidas en el vacío, como una estrella rodeada de negrura, un fulgor numinoso en el universo de los muertos comunes que se descomponen y disgregan en el universo. ¡Los muertos disecados son la eternidad de una obra de arte!..

Pero lo estoy aburriendo con mis historias.

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  1. #1 por Shamira el agosto 16, 2013 - 9:50 pm

    Me fascina la manera en la que escribes (soy tu turbo fan :P)… Me encantaría ver más textos como estos, espero y no pase mucho para que vuelva a leer otro. ¡Saludos!

  2. #2 por chismolin el agosto 19, 2013 - 1:14 am

    Interesante forma en la que ve un taxidermista ve el mundo. Muchos lo considerarán como algo raro y repugnante, pero así es su forma de ver el mundo y la forma en que lo preserva. Excelente historia, sería cool ver que hay detrás de la vida de un Community Manager XD. Saludos.

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